Despierta en ese borde de la mañana
que la divide de los demás
cuando no se asoma a la ventana
pero sabe que ahí abajo
el perro encorreado
la mamá con el niño
la mujer y una cafetería siempre igual.
Ese borde que la rompe
para llevarla al lugar
de los nombres quirúrgicos, psiquiátricos,
de las pastillas que no va a tomar.
¿Acaso es tan difícil entender
que ahí abajo las raíces
del río te tragan? ¿Por qué
no ver la evidencia, el rastro
rojo amarronado en el cemento,
en los ojos, en los capós?
La luz gris entra por la ventana
y, ay, cómo acercarse siquiera
a ese día vulgar.
La chica vuelve a la ladera
buscando los ojos de una yegua negra.
Mira el valle de la sierra, es mañana,
y todo se ve entibiecido
por el amarillo de los cardos,
por las espigas que se deslizan
suave por la brisa.
Podría quedarse ahí hasta que su cabello
llegara a tierra y fuera hierba en movimiento.
Levanta la cabeza, latigazo:
unos cascos huellan el silencio.
Y, de entre espinillos, carquejas y ombúes,
aparece su cuerpo azabache conquistando
al galope la ladera, hasta llegar
y detenerse a su costado.
Otra vez el aire es hilo de seda tenso
entre sus miradas.
Pero ella quiere hablarle,
dar un paso más en esa cercanía.
Y entonces dice, habla y la yegua
arrastra su negror al paso
hasta un lugar lejano, sin voltear.
La chica rompió un colibrí
con las manos sin saberlo.
Y ahora, que la observa a la distancia,
su negrura arrancando con furia
pasto y yuyos de la tierra,
entiende que la yegua es libre
y que no hay imposición que la contenga.
Su libertad es silenciosa o no es nada;
el silencio es el territorio que conquista
galopando, no la sierra,
piensa mientras la mira, ella
que se sabe yegua pero estalla
con sus cascos colibrís.

Está tirada de costado en el piso monolítico, calor, bermudas, pelo revuelto.
Hay momentos en los que algo oscuro
se me posa adentro y cierra las alas.
Y yo no sé de qué cielo llega
o qué tipo de ave es,
ni por qué me habita.
Hace más de una hora que está así, en el vientre de su casa. Pero no es la primera vez, hubo otras antes, cuando otras aves oscuras la habitaron.
De niña, cuando iba al campo,
me internaba en el vientre del monte
y me quedaba acurrucada
entre matorrales y espinillos.
En su casa de la infancia, se metía en la bañera vacía o bajo la cama, y se quedaba apretada a su cuerpo, sin sonidos ni palabras.
Siempre busqué vientres de madre
en la hojarasca, la greda,
los lugares descartados,
como si nunca hubiera estado
en uno de carne. Nunca estuve.
Como si nadie la hubiera gestado y hubiera nacido, como las frutillas, de las semillas exteriores.
Quiero que algo espeso chorree por las paredes
y resbale y me cubra junto a lo negro
posado en mi interior.
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