25 de marzo de 2026
Por Eddie Morales Piña
Esta novela del escritor Ignacio del Valle Dávila (Santiago de Chile, 1982) tiene un poco más de cien páginas. Podríamos clasificarla como una novela corta en una de las clásicas nomenclaturas de esta forma narrativa. Como lector del relato, estoy cierto que al autor le bastó este espacio para entregar una historia atrapante y significativa. Nada hay en ella que sobre o falte en el despliegue de la trama. Podría decir que estamos ante una estructura narrativa perfecta. En la solapilla de presentación del escritor se informa al lector que del Valle Dávila es crítico de cine y tiene un doctorado en el Séptimo Arte, siendo autor de varios libros en torno al cine latinoamericano y que esta es su segunda novela. Nos da la impresión de que en el trasfondo de la programación del relato hay una perspectiva cinemática en la configuración de la historia del protagonista Gabriel.
La portada de la novela como paratexto es un tanto enigmática. Las imágenes visuales que son las portadas siempre tienen un sentido connotativo. En otras palabras, hay que verlas sobre la base de un simbolismo más allá de la mera ilustración. Las portadas de cierta manera encierran una esencia que se conectan con el contenido. La portada en cuanto continente tiene sentido en su relación con el contenido. Son dos instancias complementarias. En cierto modo, las portadas son un arte, una puerta hacia lo que vendrá cuando el lector ingresa en el enunciado del relato. En el texto de Ignacio del Valle Dávila la ilustración que nos invita a entrar en la narración nos muestra a un niño de espalda cuya mano izquierda está apoyada en un muro o pared. Un tarro de pintura está a su lado volteado. La cabeza del niño está semi cabizbaja. Es, sin duda, una imagen que abre interrogantes. En consecuencia, debiera tener su explicación en el desarrollo del relato. El título de la novela, por otra parte, tiene consonancia con la imagen. El término frontera se conecta con el muro o pared donde el niño apoya su izquierda. El calificativo del nombre le da un matiz misterioso, algo que oculta un misterio o un secreto.
La palabra frontera indica siempre una línea imaginaria que tiene como denotación una separación entre realidades naturales o geográficas, pero que también apunta a un sentido figurado o metafórico. El autor de la novela cuando coloca el adjetivo extraviado le otorga al concepto una significación especial. Específicamente, el relato da cuenta de un espacio donde países latinoamericanos están en el borde, margen, demarcación de frontera. Este lugar es donde se desarrolla la trama. Gabriel está en el límite de fronteras reales, pero que en el caso de la historia novelada alcanza otros ribetes. La frontera extraviada es un lindero que está en el subconsciente del protagonista y que pronto aflorará, es decir, saldrá a la superficie de su existencia actual como un profesor de literatura cuando aparece un personaje casi borrado de su conciencia, una desconocida de nombre Aurora Sigüenza, quien lo hace a través de las redes sociales. Su presencia en el relato es como una especie de voz de ultratumba que se hace presente en el momento menos esperado en la vida de Gabriel mediante un mensaje enigmático. De la mujer el lector sólo sabrá por lo que el narrador recuerda de ella cuando reactiva su memoria e indaga someramente acerca de Aurora Sigüenza que dice conocerlo y haberlo cuidado desde niño. Aurora Sigüenza es, en el transcurso de la historia, una imagen que viene del pasado remoto y se hace presente para traer una verdad olvidada, oculta en lo más recóndito de la conciencia del protagonista.
Ignacio del Valle Dávila programó el relato sobre la base de un narrador en primera persona. Un narrador homodiegético auto diegético, al decir de Gérard Genette. En otras palabras, el autor de la novela despliega la trama desde la perspectiva narrativa de su propia experiencia existencial, donde él es el sujeto de la enunciación y del enunciado. Narrador y personaje, a la vez. Esta fórmula narrativa tiene una larga prosapia en la historia de la narrativa. Del Valle Dávila la pone en acto y logra sostener el relato de título sorprendente. Hacia el desenlace, la portada abrirá el significado simbólico que tiene. La frontera extraviada no es donde confluyen Brasil, Paraguay y Argentina, sino la experiencia inquietante del aparecer de una mujer que remueve la conciencia y la memoria del narrador protagonista.
Por otra parte, es interesante que el autor del texto haya diagramado el relato en cinco días de la semana, que abarcan desde el lunes al viernes mientras dura su permanencia en Foz de Iguazú donde ha sido invitado a dar una conferencia y seminarios sobre literatura española que Gabriel enseña en una universidad de Río de Janeiro. Lo que aparenta ser una simple estadía académica se convertirá en una experiencia que alterará su existencia por el aparecer de un mensaje aparentemente anodino de Aurora Sigüenza, que transformará la ida a Foz de Iguazú en un asunto con caracteres o ribetes aterradores o sorprendentes. El epígrafe al comienzo del texto da la clave de lectura donde la memoria y el recuerdo ocupan un lugar primordial: «Lo recuerdo todo, lo recuerdo como si el tiempo lo hubiera roto y las piezas no encajaran ya unas con otras» (María Luisa Elío). De este modo, al concluir la lectura la imagen del niño de la portada es el que cruza el lindero olvidado, Gabriel, el profesor de literatura. En síntesis, una novela absolutamente recomendable desplegada con solvencia narrativa.